Diego (la felicidad), Maradona (el drama)
Amado, odiado e ignorado, su muerte paralizó al mundo. Vivió como lo puede hacer alguien que pierde la libertad en plena adolescencia y nadie le marca un camino menos sinuoso.

| Por Germán Negro |

En las últimas horas se volvió a insistir con la posibilidad de retroceder en el tiempo. Si los científicos australianos Germain Tobar y Fabio Costa tienen razón, no quedaría otra que intentarlo para frenar al 2020 y decírselo en la cara: “andate a la reputa madre que te parió”. Así, sin grises.

Si algo le faltaba, era que también quedara marcado en su almanaque de maldición el viaje del más débil de los superhéroes más fuertes.

Diego y Maradona no eran lo mismo, aunque muchos lo creyeran, aunque los vestuaristas lo anunciaran a nombre completo cuando les pedían las formaciones. “En mi lápida quiero que pongan ‘gracias a la pelota’”, dijo, cuando conducía la Noche del 10.

Cuando era feliz, era Diego. Ese fue el pibe de Villa Fiorito que comía carne muy raleado, que orilló la desnutrición y que durmió con toda su familia en una pequeña habitación. Le faltaba todo, pero era feliz. Fueron escasas las veces que pudo serlo cuando pasó la barrera de los 16 años.

Diego sonreía, Maradona –casi siempre- gruñía

Es que Maradona lo tuvo todo a sus pies: rivales, reyes, emperadores, mujeres, millonarios, políticos y, hasta, mafiosos. Pero, a la vez, no tenía nada. Porque había perdido lo más preciado que puede abrazar un ser humano: la libertad.
Maradona, desde su adolescencia, no podía salir a la calle en ningún lugar del planeta. No podía vivir como un ser humano, estaba obligado a padecer su propia fama, esa que lo fue devorando como un ave rapaz hasta convertirlo en los jirones del final.

“Mira Dani, acá puedo caminar, nadie me juna…”, nos contaba hace un tiempo el prestigioso colega Daniel Arcucci sobre el frustrado intento de pasear por la Plaza de Tiananmen (Beijing, China). La odisea duró menos de cinco minutos, hasta que el primer chino lo reconoció y ahí dejó de ser Diego, para transformarse en Maradona.

Pudimos ver a Diego, casi de casualidad, pero pudimos. A Maradona ya lo habíamos cruzado.

Cuando David Nalbandian festejó su increíble triunfo en el Masters, hacia finales del 2005, él estuvo presente en un acotado almuerzo benéfico, celebrado en el más coqueto de los hoteles de Río Ceballos.

Ese día, sonreía, celebraba. Quería que la estrella fuera David, aunque él fuera la innegable frutilla del más exquisito de los postres. Compró la raqueta del campeón en el remate que se improvisó y no dudó en contar infinidades de historias, cargadas de gloria, pero también de drama y llanto. Pero, ese día era Diego, Dieguito, “el Pelusa”.

¿Qué lo hizo tan distinto? La valentía para evitar la resignación y el compromiso permanente. En su época de esplendor, nunca quiso ceder al poder de los mercaderes del fútbol. Se plantó para defender a los suyos y gritó cuando muchos elegían callar.

Cuando se ponía la camiseta de la selección por los puntos, era el más digno de los próceres. Ahí no se negociaba, por más que no le gustara el entrenador o el aguatero que le habían puesto (por caso Bilardo). En el ’86 enfrentó a los ingleses como si estuviera al gatillo de una Mag en una colina de Monte Longdon. “Esto es a muerte, eh…”, vociferó a sus compañeros en la boca de ingreso al campo del Estadio Azteca.

A Maradona lo pueden destripar porque vivió más de la mitad de su vida desafiando a la muerte y viviendo como podía, o lo dejaban. No tenía demasiadas alternativas, su vida venía marcada por un destino sinuoso, que fue del barro al barro, con un intermedio en el trono.

Por qué juzgar a un hombre por sus errores, cuando sus virtudes se medían desde el terreno de lo supraterrenal. Imposible. Los héroes pueden tomarse con mierda y todo, para qué discutirlo.

Por Diego o por Maradona, el mundo se paralizó. No hubo ciudad en el mundo que no se conmoviera por la noticia, que muchos esperaban pero que nadie quería escuchar. Nunca.
El alcalde de Nápoles ya empezó los trámites para cambiarle el nombre al estadio de la ciudad. Si, el mismo que lo vio victorioso con su club, pero que también lo vio humillar a la propia Italia, en 1990. Es que allí, Diego hizo llorar a San Genaro, humear al Vesubio y devolver billeteras a los ladronzuelos de Forchella.

Diego y Maradona son, fueron, la Argentina misma. Se jugaron la última ficha, esperando que al final del mazo se diera vuelta la carta de la suerte y de la luz. Chau Diego, andá tranquilo y elegí la estrella más hermosa. Te la regalamos entre todos.



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